¿Qué tal si nuestra oración para recibir a Jesús esta Navidad fuera esta?

“Voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí, pero no puedo garantizarte nada por adelantado. Sin embargo, hay una cosa que se me presenta cada vez con mayor claridad: no eres tú quien puede ayudarnos, sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos”.
Etty Hillesum

Ayudar a Jesús a que no se apague su presencia en nosotros esta Navidad. Es una oración humilde, a pesar de que estamos ofreciendo nuestra ayuda a Dios mismo. Pero sin garantías por adelantado. Y es que los verdaderos propósitos se sostienen en la firme determinación de recordarlos cada día. Sencillamente, como quien pasa por la mente alguna tarea pendiente: “que no se me olvide hoy que…”. En esta Navidad, inicia cada día recordándote a ti mismo que hoy quieres ayudar a Jesús a irradiar al mundo la luz desde la persona que eres.

¿Y cómo lo podemos hacer? Ayudar a Jesús a no apagarse en nosotros está en nuestra mano. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”. Ahí está la respuesta. Jesús nos está invitando a romper la frontera que lo separa de los demás. El nacimiento de Jesús es el mayor acto revolucionario de la historia: no hay separación entre Dios y la criatura. Ayudar a Jesús es ayudar a los demás, es también ayudarnos a nosotros mismos.

Hay una acepción de la palabra ayudar que hoy nos puede inspirar. Ayudar supone “hacer un esfuerzo, poner los medios para el logro de algo”. En los días de Navidad se intensifican los gestos solidarios, aumenta nuestra capacidad de ayuda a los demás. Mi sugerencia es que nos preguntemos, ante los distintos gestos solidarios que realicemos en esta Navidad, qué es lo que pretendemos lograr. La Navidad tiene la magia de volver a conectarnos con esa capacidad entrañada en nosotros de ser generosos y solidarios con los demás.

Llegamos al final de nuestra breve reflexión compartida. Y no me olvido de que quienes leemos este post somos fundamentalmente educadores y educadoras de la escuela católica. Pues bien, mi última reflexión para todos nosotros. Nuestra misión educativa es ayudar. Así de sencillo y así de profundo y comprometido a la vez. Educar es ayudar a que en el corazón y la mente de los niños y niñas nazca Jesús, crezca Jesús y no se apague su presencia nunca. Cuando el papa Francisco aún era cardenal Bergoglio expresó de un modo precioso esta pedagogía vocacional de la educación católica: “es trabajando artesanalmente, imitando a Dios, ‘alfarereando’ la vida de esos chicos, como podremos lograr la armonía […] de un corazón que crece y que nosotros acompañamos en este camino educativo”. Podemos, por tanto, orar de nuevo diciendo: “voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mis alumnos. No puedo garantizarte nada, pero lo voy a intentar”.

Teresa Gil
@teresagilstj

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