En algún momento, en la educación de nuestros hijos, perdimos la visión a largo plazo.

Quizás cuando acudimos al whatsapp de clase para evitar el suspenso al día siguiente y no pensamos que era más importante formar un futuro adulto responsable y autónomo.

O tal vez cuando decidimos dar medallas a todos los niños del equipo -“no vayan a quedarse tristes, pobrecitos”-, y perdimos la oportunidad de desarrollar en ellos el espíritu de superación o el liderazgo.

Si recuperáramos esa visión de futuro nos daríamos cuenta de que hay tanto que, aún con todas las mejores intenciones, estamos haciendo mal.

Entenderíamos la absurdidad de seguir llenando a nuestros hijos de datos y de información. Ellos, que crecen en un mundo tan lejano a la revolución industrial, un mundo donde cada año se licencian cinco millones de estudiantes en India y China, capaces de ejecutar como nadie y de hablar perfecto inglés.

Reconoceríamos lo erróneo que es llenar tanto sus agendas: mil estímulos, mil pantallas, decenas de extraescolares… cuando a largo plazo, en el aburrimiento, florecen las ideas, la creatividad y la resolución de problemas.

Nos apartaríamos y les dejaríamos probar, empezando incluso con simples gestos, seguros de que esa es la mejor manera de asegurarnos que en el futuro tomen la iniciativa y cambien lo que haya que cambiar.

Sobre todo, nos preocuparíamos de inculcarles la importancia de mirar al de al lado, de escucharle, de valorar opiniones distintas… porque entenderíamos que, en ese futuro, el arma más importante será la empatía.

¿Quién quiere niños perfectos, con sus sobresalientes o sus medallas, cuando podemos tener niños extraordinarios?

Niños como Jack Andraka, que con 15 años descubrió una manera de diagnosticar el cáncer de páncreas.

Niños como Ryan Hreljac, que construye pozos en África desde que tenía 8 años.

Niñas como Olivia Hallisey, que creó un test para el ébola con 15 años.

Niños a los que se le dio autonomía y, con ella, autoconfianza: el primer paso para creer que tus ideas valen la pena y merecen ser compartidas.

Niños comprometidos a los que les importa lo que sucede en el mundo, porque en vez de mirar pantallas han crecido mirando a su alrededor.

Olvidemos los datos y las calificaciones y centrémonos en los valores. Le educación en valores es la vacuna que necesitamos contra la apatía. Un niño empático hoy será un adulto comprometido mañana.

Nuria Pérez
Directora Creativa en Sparks & Rockets.
Ponente en el XIV Congreso de Escuelas Católicas “Emociona. Comunicación y Educación”.

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