“Emociona”. Ese es el reto de nuestro próximo congreso. ¿Emocionar? ¿Es esa la función de los maestros y educadores? ¿Y si la emoción fuera la vía directa para el aprendizaje y la educación?

Busquemos la química de algo tan etéreo como es la emoción.

¿Por qué cuando algo nos emociona, como una idea nueva o interesante, no se nos olvida jamás? ¿Que sucede en nuestro cerebro?

La parte que se encarga de realizar los procesos de memoria y que facilita el recuerdo es el hipocampo y la región cerebral que responde ante las emociones es la amígdala. Ambas estructuras están conectadas pero solo interactúan en circunstancias muy concretas.

Cuando nuestros alumnos se enfrentan a una clase convencional (léase un profesor explicando una lección) entra en funcionamiento nuestro hipocampo que hará sobresfuerzos para intentar construir un recuerdo.

Sin embargo, si ese mismo profesor incorpora la emoción a sus explicaciones, entonces entrará en juego la amígdala. Ella generará un recuerdo emocional, lo afianzará y después lo conectará con el hipocampo. Los expertos han constatado que cuando esto ocurre se produce un efecto mágico: la facilidad para adquirir ese nuevo conocimiento se multiplica, se afianza a lo largo del tiempo y ofrece una mayor resistencia a la extinción. Es decir, lo que viene a llamarse “aprender de verdad, aprender desde la emoción”.

Llegados a este punto, ya hemos conectado el aprendizaje con las emociones. Pero ahora, viene la pregunta esencial. ¿Cómo? ¿Cómo conseguir emocionar a nuestros alumnos? ¿Es eso posible? No solo es posible, sino que es el mejor de los retos que pueda acometer un docente.

La comunicación es la herramienta principal que tenemos para conseguirlo, para interactuar con los alumnos. El problema es que nos focalizamos demasiado en qué les vamos a contar y no en cómo se lo vamos a contar. Y aquí, en el cómo, está precisamente la clave para enganchar en las aulas.

El psicólogo Albert Mehrabian le puso cifras a nuestra capacidad para persuadir y emocionar y estableció que nuestro mensaje, los contenidos que queremos exponer solo tendrán una capacidad mínima para despertar la curiosidad de los niños o los adolescentes. Se atrevió a cuantificarlo en tan solo un 7% y eso sin tener en cuenta que en ese momento el acceso a la información se reducía básicamente a los libros. Ahora, solo es necesario un click y cualquiera  de nosotros tendrá acceso a un mundo infinito de datos. Lógico, que el contenido por si solo, tenga poca fuerza de atracción.

¿Dónde queda el otro 93%? Pues se reparte entre dos herramientas que todos tenemos pero a las que no les sacamos el provecho que se merecen. Estamos hablando del poder de nuestra voz y de nuestro lenguaje corporal. Es aquí donde el cómo entra en valor. A través de estas dos vías podemos proyectar a nuestros alumnos el entusiasmo, la pasión, la motivación. Ser capaces de imprimir emociones con nuestra voz no solo hará nuestro discurso más interesante, sino más vivo, más real. Y si a eso le sumamos un lenguaje corporal que proyecte seguridad, que inspire veracidad, convencimiento, entonces la suma será perfecta.

En pleno siglo XXI, no hay ninguna duda de que ningún detalle se ha de descuidar si queremos que nuestro mensaje llegue como esperamos. Porque la comunicación y sobre todo la comunicación de éxito, es mucho más que hablar.

Y para conseguirlo resultará imprescindible desgranar nuestra intervención en esos tres pilares: el contenido, la técnica vocal y el lenguaje corporal. Los tres juntos forman un mismo indisoluble: nuestro discurso en un aula.

Trabajaremos el contenido, o lo que es lo mismo: ¿Qué cuento en mi clase? ¿Cómo lo estructuro? ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo continuo? ¿Cómo acabo? ¿Qué lenguaje utilizo? ¿Qué recursos pueden ser útiles? ¿Cómo lo asimilo en mi cabeza?…

Pero también la forma, o sea, ¿cómo lo digo? Y aquí jugaremos con esas dos armas tan valiosas y tan poco valoradas como lo son nuestra voz y nuestro cuerpo.

Una comunicación eficaz nos permitirá imprimir emoción en nuestro discurso y esa misma emoción será la que estimulará el interés, activará la memoria y conseguirá el objetivo final, el aprendizaje.

Comunicar, Emocionar, Aprender. Tres conceptos que sumados nos dan la ecuación perfecta. Educar es la suma de todos ellos y educar es nuestro gran propósito cada día en las aulas y por supuesto en nuestro XIV Congreso de Escuelas Católicas. Bienvenidos a este apasionante reto.

Maribel Vilaplana
Presentadora del XIV Congreso de Escuelas Católicas “Emociona. Comunicación y Educación”

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