Vivimos en una sociedad donde se ha institucionalizado el “ruido”. Es muy difícil escapar de las noticias infinitas servidas en papel, a través de la radio, en la televisión o por supuesto en Internet, de las actualizaciones constantes en redes sociales, de las polémicas por asuntos serios o banales, de los memes que (a veces) nos hacen sonreír, de las canciones del verano que suenan en todas partes. El ritmo elevado de impactos al que nos hemos acostumbrado hace que consideremos como algo viejo y ya sabido aquello que ha pasado hace más de un par de horas, y el ansia por lo nuevo mueve la máquina de la información. Instituciones de todo tipo, empresas y gobiernos, han descubierto maneras nuevas de dirigirse a sus potenciales públicos, y la competencia por captar y mantener su atención es feroz.

En medio de este elevado umbral de ruido, los usuarios, los espectadores, los ciudadanos, ven limitada su capacidad de selección, de identificar contenidos relevantes y significativos. La abundancia y el acceso a un universo de información tan infinito como redundante y no siempre auténtico, no se relaciona directamente con una sociedad más informada y más prudente. Y este ruido se ha convertido en algo tan habitual que muchas veces somos incapaces de tolerar el silencio, el recogimiento, la mirada interior. En esas ocasiones en las todo parece pararse, el móvil se convierte en el recurso útil y necesario para no pensar, para no enfrentarse a las pequeñas o grandes interpelaciones personales.

Y es en este contexto en el que tenemos que trabajar cuando diseñamos nuestras estrategias de comunicación: altamente saturado, muy competitivo, con usuarios muchas veces dispersos, que fragmentan su atención en espacios mínimos, que leen apenas 140 caracteres y evitan vídeos que duran más de dos minutos.

Y no obstante este entorno está lleno de oportunidades que solo seremos capaces de identificar y aprovechar si lo abordamos con una mirada nueva, con comprensión y con cariño.

La mirada nueva implica reconocer en primer lugar que también nosotros somos ignorantes, que tenemos que formarnos en las raíces y las formas de este cambio social y tecnológico, que hay que pensar, leer, discutir, acudir a congresos, escuchar a expertos, volver a repensar la propia actividad, admitir nuevos enfoques, probar, equivocarse y volver a intentarlo. Que no pasa nada por abandonar viejos canales de comunicación para emprender otras vías de contacto con los nuevos públicos.

Nada de esto se logra en unas horas o en unos pocos días. Contar con el apoyo y el asesoramiento de profesionales de la comunicación es vital para no comenzar desde cero y ser más ágiles y certeros en un tiempo en el que cada segundo cuenta.

La comprensión tiene diversas facetas: en primer lugar, comprenderse a sí mismo, entender y depurar bien la propia identidad y misión y analizar las áreas en la que esta es coincidente con las ansias de la sociedad contemporánea. Y obviamente, ser comprensivo con los demás, con aquellos que promulgan o promueven ideas diferentes e incluso opuestas a las propias. La comunicación sincera se convierte aquí en un arma vital para la armonía y la convivencia, y la comprensión adquiere la categoría de actitud vital imprescindible en democracia.

Pero esta comprensión solo tendrá éxito si va acompaña de cariño. No cabe una mirada prejuiciosa y preventiva sobre esta sociedad, desde una atalaya que juzga y sentencia previamente. El cariño hace mirar las cosas como propias, intentando identificar lo común en los planteamientos diferentes. El cariño busca acercar, hacerse entender, rellenar los huecos, tener paciencia con las aristas de un proceso de comunicación que no siempre es tan fluido como debería.

El cariño también nos lleva a pensar, de modo proactivo, en cómo contar lo propio de manera positiva, que una, que haga resaltar lo bueno y único de la propia identidad sin ofender. Las historias humanas, los testimonios que resaltan emociones positivas se convierten en ocasiones de poner a dialogar incluso a quienes están en posiciones ideológicas opuestas.

El cariño, por último, nos debe llevar también a tratar con cuidado la tarea de comunicación, a afrontarla con tiempo, a planificarla, a desarrollar contenidos que aporten, pero también que estén bien hechos, que emocionen, que lleguen. A cuidar las herramientas que nos permiten monitorizar, y seguir las campañas y las acciones. A estar a la última de nuevos avances que nos ayuden a llegar más y mejor.

En la sociedad del ruido la comunicación auténtica y creíble es la mejor manera de llegar a los demás y ayudarles a salir del caos y encontrar su propio camino.

Charo Sádaba
@csadaba

Ponente del XIV Congreso de EC “Emociona. Comunicación y Educación”

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