Nos escandalizamos antes las acciones y las declaraciones “poco humanitarias” de un mediático y provocativo Donald Trump, y sin embargo no están lejos de los muros que la vieja Europa ya ha levantado en sus fronteras o de algunas de nuestras leyes en materia de inmigración. Es paradójico, pero al tiempo que tratamos de defender la humanidad nos estamos deshumanizando.

El tiempo de cuaresma, que hoy comenzamos, puede ser una oportunidad para realizar una renovación espiritual que permita construir “la cultura del encuentro en la única familia humana”, como pide el papa Francisco en su mensaje para la cuaresma de este año, en el que nos ofrece dos medios sencillos: 1, descubrir el don de la Palabra de Dios, dedicando tiempo a la lectura orante que interpela nuestra vida y la puede hacer más humana; y 2, abrir los ojos y acoger el don de las personas más necesitadas, que muchas veces pasan desapercibidas aunque están sentadas a nuestras puertas.

En este sentido, nuestro Pontífice, desgrana la conocida parábola en la que Jesús narra la historia de un pobre concreto, Lázaro, que sentado a la puerta de un indefinido rico, espera sin éxito recibir algo de su sobreabundante mesa (cf. Lc 16,19-31).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil.

Desde Escuelas Católicas os invitamos durante esta cuaresma a “intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna”. Ofrezcamos a nuestros alumnos, familias y profesores… espacios y tiempos donde realizar una escucha orante de las bellas lecturas que la liturgia nos ofrece cada día (oración); al igual que momentos de reflexión sobre las situaciones de necesidad que viven hombres y mujeres cercanos y lejanos, buscando juntos acciones posibles que hagan realidad un reparto más justo de los bienes, privándonos de algo para compartir (ayuno-limosna).

Mercedes Méndez
@memesira

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