Tras siete veranos recorriendo el Camino de Santiago con más de 100 adolescentes, debo admitir que es difícil perderse cuando se atraviesan bosques, campos de cultivo o pequeños poblados. La señalización es clara, y aunque se marche a diferentes ritmos, surjan largas brechas que fragmentan el grupo, se llegue a perder de vista al monitor de cabeza o incluso nos mezclemos con otros peregrinos, todos seguimos un mismo Camino.

La cosa cambia cuando entramos en ciudades donde las flechas amarillas o las conchas se entremezclan con un sinfín de otras señales, hay quien se divierte cambiándolas de dirección, y los grupos recorren bulliciosas calles, donde los motivos del caminar son muy diferentes, entremezclándose entre la gente. Siempre hay algún grupo de “despistados” que comienzan a seguir a un peregrino que confunden con uno de los profesores y cambian la ruta. A pesar del típico reagrupamiento que hacemos antes de cruzar la ciudad, en muchas ocasiones, hemos llegado por diferentes caminos al lugar donde íbamos a pasar la noche.

Algo similar nos ha pasado en la historia del cristianismo, era fácil seguir a Jesús por los campos y pueblos de Galilea, e incluso por las ciudades, cuando el grupo era pequeño, pero todo cambió cuando se empezaron a perder las sencillas señales evangélicas entremezclándose por un sinfín de otras indicaciones. Aún fue más difícil mantener al grupo de discípulos unido cuando marchaban junto a personas que buscaban intereses económicos o políticos.

Sin pretender reducir con esta metáfora la sangrante historia de la fragmentación de la Iglesia, deseo afirmar que es mucho más lo que nos une que aquello que nos separa: marchamos como peregrinos, por diferentes caminos, pero guiados por la misma luz del Espíritu, con el mismo objetivo de transformar la sociedad según los valores del mismo Evangelio.

En esta fiesta de la conversión del apóstol San Pablo, en la que concluimos la semana de oración por la unidad de los cristianos, que tiene por lema este año “Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5, 14-20)”, pidamos a Dios que siga alentando el deseo de unidad y el compromiso de cada cristiano por hacer un mundo más humano.

Mercedes Méndez
@memesira

 

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