Para muchos de nuestros alumnos es difícil imaginar cómo estudiaban sus padres, cómo enseñaban sus profesores, cómo eran sus aulas… Sin duda les sorprendería saber que el profesor estaba en una tarima, desde donde impartía sus clases magistrales, “dictando” las lecciones; los alumnos, en pupitres en fila de a uno, en completo silencio, tomando apuntes; y pocas veces se atrevía uno a preguntar ante el temor a tener que copiar cien veces: “en clase no se habla”. ¿A alguien le suena?

Esta descripción parece cosa del pasado y, en general, así es, o al menos es lo que se intenta en muchos de los centros de Escuelas Católicas, tal y como lo he podido comprobar en primera persona a lo largo de los últimos años.

Soy consciente de que ha sido un camino difícil y que lo sigue siendo. No es fácil cambiar años de prácticas pedagógicas enraizadas en una sociedad en la que primaba la disciplina, la autoridad, y el… “¡Niño! tu ver, oír y callar”. Donde se llamaba a los profesores de usted para imponer respeto, y donde prácticamente se anulaba cualquier resquicio de autonomía o iniciativa (tanto en los alumnos como en los profesores).

Hoy nuestros alumnos, nuestros niños, demandan movimiento, acción, palabra, trabajo en equipo, investigación, nuevas metodologías… y debemos dárselo.

Cada vez más centros están dando respuesta a estas inquietudes de los alumnos y a las necesidades de la sociedad, y lo están haciendo muy deprisa porque, por si no lo sabéis os lo cuento, una  vez que te embarcas en el reto del cambio, de la innovación, ya no hay vuelta atrás, es como un tsunami que va arrastrando en su camino a los escépticos, a los reticentes, a los incrédulos e, incluso, a los que están de vuelta de todo.

La innovación “engancha”. Sí, sí, engancha. Engancha a alumnos, profesores, padres, equipos directivos y a todos los que ven sus resultados. Porque los resultados se ven nada más entrar en un centro innovador, y no solo eso, se sienten, se oyen, se palpan en el ambiente.

Los resultados se ven en sus paredes, en sus patios, en sus aulas, en sus pasillos. Se ve color, alegría, paredes cubiertas con trabajos y proyectos. ¡No hay espacio para colgar tantas ideas! Cuanto más innovador es un centro menos paredes blancas tiene. Incluso, hasta se tiran para que las aulas tengan más luz, para poder compartir todo lo que en ellas se experimenta. Las escaleras tienen mensajes; las cristaleras de los pasillos se utilizan como pizarras; el patio es el lugar perfecto para un grafiti; cualquier jardinera o espacio verde sirve para cultivar un huerto; debajo de las escaleras hay espacios de lectura fabricados con unos simples palés verticales y unos cojines; o unos cajones apilados en un rincón son un buen lugar para puesta en común o para realizar asambleas.

Y se oyen. Porque no son centros silenciosos. En sus pasillos hay vida. Puedes encontrar cojines o colchonetas con alumnos de distintas edades compartiendo un libro (padrinos de lectura), o trabajando en un proyecto de aula interdisciplinar, o con alumnos de otros cursos. Las aulas tampoco son espacios de silencio. Cuando en un aula doble (en la que hay una pared móvil que se abre o se cierra dependiendo de las actividades) se trabaja un proyecto en el que los alumnos están haciendo en equipo diferentes tareas, con trabajo cooperativo, preparando sus proyectos, elaborando materiales, utilizando ordenadores, tablets o móviles, y no todos haciendo lo mismo, es imposible el silencio. La verdad es que, con sesenta alumnos con tareas diferentes, un poco de jaleo se oye (sobre todo a los que no estamos acostumbrados), pero te acostumbras. El murmullo transmite concentración, colaboración, trabajo, entusiasmo.

Se siente… en el quehacer de alumnos que ven el “porqué” de sus trabajos, el “cómo” de muchos temas que no se aprenden de memoria sino investigando, construyendo, creando. Y comparten con los que visitan sus aulas, sus proyectos y trabajos, con el aplomo y seguridad que les da el estar acostumbrados a exponer en clase, aunque sean alumnos de distintos cursos.

Y en el acompañamiento de los profesores, que no son meros transmisores de conocimientos  sino facilitadores de experiencias de aprendizaje. Dinamizadores del trabajo de los alumnos. Eso sí, trabajando el doble, porque crear materiales, preparar vídeos, coordinar proyectos, etc. de forma coordinada con otros, no es fácil. Pero como os decía antes muchos están enganchados y cada vez quieren más. Más formación en nuevas metodologías, más información sobre herramientas de trabajo, vídeos, robótica, fliped clasroom, paisajes de aprendizaje… y más necesitados de compartirlo todo con otros compañeros, de su centro o de otros centros, en las redes sociales.

Se siente al ver colaborar a los padres, a los abuelos, a antiguos alumnos, siendo en muchos casos “comunidades de aprendizaje”, participando en las clases, colaborando en proyectos, siendo parte viva de los centros.

No voy a entrar en planteamientos metodológicos, ni en descripciones de nuevas técnicas o herramientas, que son la base y el sustento de la innovación, eso lo dejamos para un próximo post. Lo que he querido transmitir y compartir es otra cosa. Es todo lo que he vivido junto con los profesores del Programa Profesores en Acción de Escuelas Católicas.

Porque todo esto no surge de la nada. No es la puesta en marcha de ideas peregrinas de aquí o de allá, no es humo de un día. Para afrontar con éxito estos cambios los centros se han apoyado en sus idearios, en su carácter propio, en las ideas de sus fundadores. Detrás tienen una historia, una tradición con la que afrontar estos retos. No innovan sólo para implantar novedades que están de moda. Se basan en investigaciones pedagógicas, forman a sus equipos directivos y a sus profesores, lideran de manera eficaz para que esta educación sea posible y trabajan en red: la red de centros de Escuelas Católicas. Es allí donde se ayudan y apoyan mutuamente todos los que han apostado por la innovación, respondiendo a los retos con el fin último de mejorar la educación.

Esto no es utopía. Es una realidad. La he podido ver, oír y sentir en muchísimos centros de Escuelas Católicas, grandes y pequeños, de ciudades y de pueblos. Y todo lo que os cuento además lo hemos grabado. Pronto lo compartiremos con vosotros…, es una sorpresa, estad atentos.

Ana Díaz-Güemes
Departamento de Innovación Pedagógica
@Anadguemes

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