Muchas veces tenemos que escuchar argumentos contra la libertad de educación, y últimamente más a menudo de lo que una sociedad democrática y moderna debiera. Sin duda la famosa “cuestión religiosa”, torpemente reabierta en los últimos años, ha generado afirmaciones que “a modo de manthras” algunos repiten y repiten hasta la extenuación con el ánimo de conseguir que, bien por adoctrinamiento, bien por aburrimiento, todos nos las creamos.

Uno de esos cánticos repetitivos es el que afirma “la educación en una religión que se la pague cada uno”. Así, mas o menos, con alguna variante, pero con el mismo fondo. Claro, la afirmación es mentirosa en su raíz: la educación de los colegios, por ser católicos, no pasa a ser catequesis ni proselitismo religioso. Basta comprobar un dato: el número de intelectuales, artistas y políticos, que de toda clase y condición han sido alumnos de la escuela católica. Si dicha afirmación fuera cierta, ¿cómo se explica con la realidad?

Sin embargo debemos aceptar que a la demagogia no le gusta razonar. De ese “manthra” se deriva la percepción para una parte de nuestro arco político de que los colegios católicos son “fábricas de católicos” y, ojo que viene el segundo gran “manthra”: “los católicos son de derechas”. Así, sencillo.

La primera afirmación de considerar la labor de los colegios similar a la de las parroquias, manifiesta un simple desconocimiento de la realidad y del contraste empírico de la misma. Los alumnos, ayer y hoy, de los colegios católicos reciben una educación inspirada en un proyecto educativo cristiano al cual, libre y voluntariamente, y en función de su propio desarrollo personal, podrán adherirse o no, sin que ello se derive de su relación escolar.

Pero la segunda afirmación es mezquina, puesto que pretende instrumentalizar la religión para la confrontación política. De hecho, muchos afirman que lo que sería necesario es suprimir la religión de la esfera pública para evitar “la tensión social que genera”; lo curioso es que lo dicen los mismos que la arrojan como una piedra en el debate político. Por eso sería mejor, dicen algunos, quitar la asignatura de religión (optativa… ¡que la tiene quien la pide!) para evitar riesgos que puedan generar, a futuro, problemas sociales. Lástima que no piensen lo mismo de la física (para evitar las bombas nucleares), la química (para suprimir el riesgo de las guerras bacteriológicas), la matemática (para que no se pueda calcular las trayectorias de los misiles), la biología (para no correr el riesgo de clonar hombres-esclavos)… ¿seguimos? ¿dónde está el problema? ¿en el conocimiento o en su uso? Pues en la religión, igual.

En cualquier caso, y con una mirada libre de prejuicios, parece que no tendría que ser un problema pensar en colegios que quieren educar en la paz, en los derechos humanos, en la igualdad de las personas, en la atención a los más pobres, en la solidaridad y en compartir… Y si además, la educación integral incluye como opción libre y personal el ámbito de la trascendencia y el hecho religioso, y desde ahí una persona llega a Dios… ¿molesta a alguien? Quien ofrece sin imponer, no hace nada mal. Quien prohíbe sin razón… sí.

Javier Poveda

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