Las escuelas católicas están llamadas a ser una familia de familias, como bellamente define a la Iglesia el papa Francisco en su exhortación apostólica post-sinodal Amoris Lætitia sobre el amor en la familia. Este documento, publicado en el marco del Año Jubilar de la Misericordia, pretende estimular a quien lo lea, a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. Además de procurar alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo. Es un texto largo, fruto de la síntesis de las reflexiones realizadas en los sínodos de 2014 y 2015, dedicados a la familia; por ello, el mismo Papa anima a una lectura reflexiva y en profundidad de las diferentes partes según intereses personales o pastorales.

La enseñanza nuclear del documento está comprendida en los capítulos IV y V, dedicados al amor. El amor, es la realidad que manifiesta el evangelio del matrimonio y de la familia. Solo es posible alentar un camino de fidelidad y de entrega recíproca si se estimula el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar. En efecto, la gracia del sacramento del matrimonio está destinada ante todo a perfeccionar el amor. Siendo consciente de que la palabra «amor», una de las más utilizadas en nuestros días, aparece muchas veces desfigurada, el papa Francisco presenta un camino concreto de profundización y desarrollo de este carisma, recorriendo las actitudes descritas por San Pablo en la primera carta a los Corintios (1 Co 13,4-7); enriqueciéndolo con diversas características propias del amor de pareja. Estos capítulos, también nos ofrecen un precioso material para trabajar las raíces profundas de la vocación matrimonial abierta a la familia con nuestros alumnos jóvenes y adolescentes, que comienzan a descubrir y vivir el amor de pareja en la escuela.

Aunque la entera exhortación sea de obligada lectura para todos aquellos que nos dedicamos a la educación, pues estamos al servicio principalmente de las familias, sin duda debemos prestar más atención al capítulo VII, donde se aportan a los padres pistas muy prácticas y sugerentes, con el fin de Fortalecer la educación de los hijos, como bien reza el título del mismo. La escuela está llamada a colaborar, junto a otras instituciones de la Iglesia, para que sean los propios padres los que puedan cumplir con uno de los desafíos fundamentales frente al que se encuentran, el desafío educativo, todavía más arduo y complejo a causa de la realidad cultural actual y de la gran influencia de los medios de comunicación. Con claridad se afirma que el Estado debe asegurar el derecho de los padres a elegir con libertad el tipo de educación -accesible y de calidad- que quieran dar a sus hijos según sus convicciones. La escuela no sustituye a los padres sino que los complementa, pero el papa Francisco señala que el Sínodo ha querido resaltar la importancia de la escuela católica, que desarrolla una función vital de ayuda a los padres en su deber de educar a los hijos.

El papa Francisco también nos anima a desplegar diversas mediaciones para ayudar a las familias a crecer en la fe, proponiendo tiempos y espacios para profundizarla, compartirla y celebrarla. En nuestros centros, no hay que dejar de invitar a crear espacios semanales de oración familiar, porque “la familia que reza unida permanece unida”. Dichos grupos de fe, no solo formados por las familias de nuestros alumnos, sino también de profesores y personal de administración y servicios, o antiguos alumnos, constituyen verdaderas comunidades evangelizadoras, agentes de pastoral muy valiosos en nuestros centros, si se crean o potencian canales de participación en las diversas actividades.
Somos conscientes de que nuestras comunidades educativas ofrecen el amplio mosaico de realidades familiares presentes en nuestra sociedad. Son muchas las ideologías que se están imponiendo, algunas de ellas con amparo legal, que atentan contra el concepto cristiano de familia y matrimonio, e incluso de persona. Desde la tolerancia y el respeto, en nuestras escuelas, debemos presentar con valentía el valor del matrimonio cristiano, como una realidad que favorece la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos. Comprender diversas situaciones nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano.

También hacemos nuestra la llamada del papa Francisco a entrar en la lógica de la misericordia pastoral para acompañar las diversas situaciones de sufrimiento, ruptura, violencia… que afectan a nuestras familias, y cuyos efectos nocivos padecen en particular nuestros alumnos, niños y adolescentes. Jesús espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente.

Con este artículo hemos pretendido esbozar brevemente las principales líneas de la exhortación apostólica Amoris Lætitia, y esperamos haber animado a su lectura, que sin duda beneficiará la bella tarea que se nos encomienda: las escuelas católicas deberían ser alentadas en su misión de ayudar a los alumnos a crecer como adultos maduros que pueden ver el mundo a través de la mirada de amor de Jesús y comprender la vida como una llamada a servir a Dios.

Mercedes Méndez
@memesira

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