Un niño hace rodar su tren de juguete sobre las vías del tren, otro pasea con su correpasillos por el barro; otra abraza a una muñeca un poco despeluchada. No es una guardería, es un campo de refugiados sirios donde los niños intentan volver a la normalidad y explicarse a sí mismos a través del juego los horrores a los que se enfrentan todos los días. Dicen que esto mismo hacían los niños judíos en los campos de exterminio a través de juegos tan inexplicables desde nuestra mentalidad como la “cámara de gas”. Y es que el juego para los niños es mucho más que un entretenimiento, especialmente si las circunstancias que los rodean son tan complejas como las que acabo de describir. Lo necesitan para asimilarla, para comprender algo de todo ese dolor.

Curiosamente cuando estoy escribiendo este artículo me topo en El País del 15 de marzo una columna de Félix de Azúa en memoria de Elena Fortún, autora conocida por Celia, protagonista de sus cuentos infantiles y heroína de toda una generación de mujeres. Parece que acaba de publicarse el último Celia… “Celia en la revolución”… un triste final para una saga en la que una niña despierta y feliz vive todos los horrores de la revolución…

Cuando yo empecé a estudiar Historia en el colegio y me encontré con una sucesión de guerras que no podía comprender me preguntaba cómo podía ser el ser humano tan malo. No tenía otros adjetivos más elaborados para describirlo pero probablemente tampoco me hicieran falta. Lo curioso de esto es que yo siempre utilizaba el pasado, convencida de que las guerras eran cosa de otra época y que el hombre habría aprendido de sus errores y que eso jamás se volvería a repetir… pero siempre se repite, en distintos momentos de la historia, en distintos lugares, pero siempre afectando a todos, siempre causando dolor, siempre tocando con su olor a sufrimiento y muerte a los más inocentes, sin perdonar si quiera a los que simplemente tendrían que estar jugando y creciendo sanos en cuerpo y alma.

Afortunadamente entre tantas imágenes espantosas que llenan los informativos, los periódicos, las redes sociales, podemos encontrar algún resquicio de esperanza que nos interpela y nos da aliento para soportarlo. Existen personas como Hanan al Hroub. Esta mujer creció en el campo de refugiados de Dheisheh, un lugar donde el conflicto palestino-israelí se sufría cada día. La misma mujer ha visto como la persistencia de la violencia ha llegado hasta sus hijos, marcándoles sin remedio.

Convencida de la necesidad de dar la vuelta a esta tortilla, de romper el circulo vicioso de la violencia, comenzó a inventar juegos para contrarrestar sus efectos en los hijos que vio nacer; poco después los empezó a aplicar en las aulas donde daba clase. Su lema, “Aprender jugando”, y los excelentes resultados que ha tenido en muchos niños, la han llevado a obtener el Global Teacher Prize de la Fundación Varkey, considerado el Nobel de la enseñanza. Este premio además de conllevar el reconocimiento como la mejor profesora del mundo, está dotado con un millón de dólares que Al Hroub ha anunciado dedicará íntegramente al instituto de Al Bireh en el que enseña. Bien por Hanan, cuyo premio anunció el papa Francisco a través de un mensaje grabado. Bien por esta mujer que se ha dejado la piel jugando y nos devuelve un poco de inocencia y otro tanto de esperanza en el ser humano.

Victoria Moya
@victoriamsegura

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