El panorama político nacional ocupa con facilidad nuestras conversaciones en familia, entre compañeros de trabajo o amigos, e incluso con nuestros alumnos. Surge con gran carga de desesperanza, y no carente de preocupación, la pregunta de si es posible un modelo o estilo de liderazgo diferente. Desde nuestra fe cristiana, en plena Semana Santa y a las puertas de la celebración del Triduo Pascual, debemos decir más alto, pues más claro no se puede: “Sí, es posible gobernar de otra manera”. Otra cosa es que lo queramos admitir, asumiendo esta forma de liderazgo en las pequeñas esferas donde lo ejercemos en nuestras vidas, pues criticar siempre es fácil, cambiar las cosas es ardua tarea.

Jesús se lo enseñaba a sus discípulos subiendo hacia Jerusalén, donde iba a ser “entregado a los sumos sacerdotes y escribas; condenado a muerte y entregado a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle” (Mt 20,18-19). Por tres veces comunicó este mensaje a sus apóstoles, en momentos cada vez más íntimos, donde solo ellos estaban presentes, cuando la amenaza se cernía inevitable sobre Él, y sin embargo, ellos parecían no comprender, perdidos en las intrigas de poder que parecen estar grabadas en los entresijos del corazón humano.

Ellos, solo querían entender que se dirigían a Jerusalén, la capital religiosa y política de Israel, con Jesús, el Mesías esperado, el instrumento de Dios para instaurar de nuevo el Shalom (paz, bendición, prosperidad, bienestar…), el “Hijo de David” que gobernaría el Nuevo Pueblo según el corazón de Dios… y su única preocupación consistía en saber quién ocuparía “la vicepresidencia” o cómo se repartirían “los ministerios”: “¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor” (Mc 9, 33-34).

Pero Jesús, Maestro paciente y misericordioso, no se cansó de repetirles de una u otra manera: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida”.

Como buen pedagogo, Jesús no les transmite teorías, sino sabiduría de vida. Hace experimentar a sus discípulos, y a nosotros si nos abrimos al Misterio de estas fiestas, qué significa lo de “liderar sirviendo”. Y lo hace en el solemne contexto de la última cena, a la que estamos invitados el Jueves Santo, cuando “se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido” (Jn 13,4-5). Da “testimonio de la verdad” que vino a anunciar al encarnarse (Jn 18, 37), entregando la vida en un acto de valor que rompe toda espiral de violencia, y desarma a quienes lo observaron (Lc 23,48). Este Viernes Santo, dejémonos también nosotros descolocar al “mirar a aquel que traspasaron” (Za 12,10).

Vivir con intensidad el Triduo Pascual, es compartir la misma experiencia de silencio que vivenciaron los discípulos, junto a María, el Sábado Santo. El silencio, en nuestro tiempo, se ha convertido en un verdadero reto educativo. Necesitamos aprender y enseñar el valor de callar para escuchar y atender plenamente; para acoger con paciencia los tiempos de los procesos donde se obran las transformaciones aún sin percibirlas con los sentidos; para profundizar en los acontecimientos que recorremos superficialmente, o nos recorren, y acariciar en ellos el misterio que nos transciende y nos integra. El sin-sentido y sin-respuesta ante el dolor y la muerte que nos invita a vivir el Sábado Santo, nos hace plantearnos preguntas existenciales para las que Dios tiene una gran respuesta: el Amor tiene la última palabra, ¡¡¡Jesús ha resucitado!!!

Este es el amor que puede triunfar en nuestras vidas, y hacer de nuestro mundo (país, ciudad, familia, escuela), un lugar para todos:

“El amor es el servicio concreto que realizamos los unos por los otros. El amor no son palabras, son obras y es servicio; un servicio humilde, hecho en silencio y en secreto. Comporta poner a disposición los dones que el Espíritu Santo nos ha regalado para que la comunidad pueda crecer. 

Cuando te olvidas de ti mismo y piensas en los otros, esto es amor. El Señor, con su vida, nos enseña a ser servidores, más aún, nos llama a ser siervos, como Él mismo se ha hecho siervo por nosotros, por cada uno de nosotros. Por lo tanto, ser misericordiosos como el Padre significa seguir a Jesús por su camino de servicio”. 

Papa Francisco, audiencia del 12 de marzo del 2016

 

Mercedes Méndez
@memesira

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