Los centros educativos deben dar soporte a una realidad social diversa desde las propias aulas, con proyectos que favorezcan la igualdad de oportunidades y la equidad. Recientemente se ha publicado el informe presentado por la OCDE Estudiantes de bajo rendimiento: por qué se quedan atrás y como ayudarles a tener éxito”, donde podemos leer titulares en referencia a los datos del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) de 2012. Entre los  factores de riesgo que influyen en el rendimiento de los alumnos de 15 años se encuentra el nivel socioeconómico. En este sentido, los alumnos con un nivel inferior tienen peores resultados que aquellos que tienen una mayor renta. Este informe revela que los estudiantes de centros concertados tienen una probabilidad 33% menor de tener bajo rendimiento debido principalmente a que sus programas educativos compensan dichas desigualdades.

La escuela concertada, con el 25,4% del alumnado del sistema educativo, responde a esa necesidad social. La inclusión es seña de identidad de nuestras escuelas, que reconocen de forma positiva la diversidad de las situaciones personales a través de proyectos de acogida y acompañamiento. Son organizaciones que aprenden, permeables a los acontecimientos sociales, y flexibles para dar respuesta a los distintos retos del sistema educativo.

Desde la innovación educativa también se plantean proyectos que potencian la atención a las familias, abriendo imprescindibles espacios de colaboración. Desde las aulas se favorece una cultura de reflexión y de esfuerzo, que hace que se disminuyan las diferencias y que la pluralidad se viva como una riqueza. Es nuestra misión acompañar a los alumnos y sus familias en ese camino de desarrollo y crecimiento, y así crearemos una sociedad mucho más capacitada para la globalización, en lucha con la desigualdad y los conflictos sociales.

 Otro de los aspectos que influyen en el rendimiento de los alumnos es la atención ofrecida por parte de los profesores. Dicho informe cita que “los alumnos de escuelas en las que los profesores apoyan más a sus alumnos y mantienen la moral alta tienen menos probabilidades de tener un bajo rendimiento” (OCDE, 2016, 6).  Desde los proyectos de formación de escuelas católicas se favorece el desarrollo profesional de manera permanente y actualizada. Es desde esta formación donde se fomenta una educación personalizada que acoge a todo el alumnado, analizando sus necesidades y dando respuesta con metodologías innovadoras. Un aprendizaje activo, de colaboración y enriquecimiento mutuo entre los estudiantes, contribuye a crear un aprendizaje basado en la igualdad de oportunidades; un aprendizaje integral que tiene en cuenta la adquisición de competencias para aprender a aprender, el sentido de la vida y la pertenencia a una sociedad común. Así demuestra la escuela católica que sabe educar con calidad y equidad, y eventos como el XIII Congreso de Escuelas Católicas “Sabemos Educar”, celebrado el pasado mes de octubre, visibilizan la experiencia de nuestros centros.

Dpto. de Innovación Pedagógica EC
@porlainnovacion

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